UNEAC: unir dentro de la diferencia


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Miguel Barnet era un joven inquieto y desconocido de apenas 21 años cuando participó de la fundación de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, después del icónico discurso de Fidel Castro del 30 de julio de 1961 en la Biblioteca Nacional.

HACIA LOS 60 AÑOS DE LA UNEAC

Describe su entrada a la UNEAC muy a la cubana, como un «chiripazo». Carvert Casey le había pedido un libro de poemas. Él, a su vez, se lo dio a Lisandro Otero hasta llegar a las manos de Roberto Fernández Retamar, Secretario Ejecutivo de la institución en 1962.

La piedra fina y el pavo real le pondría a Miguel Barnet, entonces un joven escritor casi desconocido, la «piedra» de entrada a aquella organización que, bajo el influjo de Fidel Castro y sus Palabras a los Intelectuales, buscaba la unidad dentro de la diversidad cultural, artística e ideológica que removía el país por aquellos 60’ fundacionales.

«¿Cuál hubiera sido mi destino sin la Revolución? Empleado público, oficinista o, cuando más, profesor de español en un colegio norteamericano. Diletante intelectual a lo sumo. Viajero de los ferries a Miami y cazador de fruslerías y dinero. Antes de Palabras a los intelectuales, y mucho más después, supe que mi destino era Cuba, la Cuba que tendríamos que construir y que tanto nos ha costado», reflexionaba en artículo reciente Barnet.

A sus 80 años, mentar su nombre y apellidos es sinónimo de narrador, poeta, etnólogo, ensayista, investigador y buscador incansable de esencias, una enumeración que apenas daría una noción básica de este autor cubano, el más publicado dentro y fuera del país y quien en 1994 mereció el Premio Nacional de Literatura.

Desde su casa en el Vedado capitalino, rememora y polemiza sobre la historia de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, de la que fue presidente hasta hace muy poco. Lo hace al ritmo de las campanadas de un reloj antiguo que, de vez en cuando, parece moverse a la merced de ciertos espíritus visitantes. Su voz, delinea el viaje entre el pasado imperfecto, el presente transformable y el futuro incógnito. Sí, incógnito, porque las predicciones certeras habría que encomendarlas al Oráculo de Ifá u otras tantas divinidades como las que lo acompañan en su casa de la calle H.

«Lo más difícil de esta pandemia, dice, es la soledad a la que nos somete». Sin embargo, Miguel Barnet está acostumbrado a la soledad, que es el calvario de las mentes creadoras. Son otros sus acompañantes, los recuerdos, muchos de los cuales se han posado, cual mariposas, en las paredes de su hogar, lleno de lienzos de conocidos personajes de la plástica cubana e internacional. Libros en el portal, en la sala, en la habitación, muchos libros resguarda este intelectual al que lo emociona más el hojear de una página a la siguiente que el impersonal ejercicio de hacerlo a través de una pantalla.

Miguel Barnet vio germinar a la UNEAC después del discurso de Fidel Castro, pronunciado el 30 de julio de 1961 en la Biblioteca Nacional. Organización que, a su vez, acogió su labor creadora y su curiosidad por esta Isla.

Tuvo el privilegio de escuchar personalmente lo que hoy se conoce como Palabras a los Intelectuales en 1961. ¿Cómo pudo alguien tan joven asistir a ese encuentro?

No estoy muy seguro de haber sido el más joven, allí había gente muy joven también intelectualmente. Ingresé de «chiripa», por pura casualidad. Eso sí, siempre he sido muy curioso y mi curiosidad la he intentado plasmar en hechos, en mi obra. En el año 60 empecé a trabajar con Argeliers León en la Biblioteca Nacional, que fue uno de los primeros vicepresidentes de la UNEAC. No asistí a las tres conferencias que dio Fidel, solamente fui el sábado 30 de julio de 1961, la última, porque ya era demasiada la pasión y la curiosidad que tenía. Argeliers se dio cuenta, me hizo bajar y sentarme junto a él en una de las primeras filas. Después vino un escolta y me llevaron para la parte de atrás.  Desde ahí escuché a Fidel. Le di mi asiento a una persona anciana y me quedé de pie escuchándolo. 

¿En qué medida marcó aquel encuentro lo que después sería el espíritu y el propósito de la UNEAC, fundada el 22 de agosto de 1961?

Ese es el verdadero germen de la UNEAC. Ahí Fidel habló de una Asociación de Escritores y Artistas. Después vino el Primer Congreso de Escritores y Artistas Cubanos, en el que participé de oyente. No poseía obra, pero si mucha curiosidad y deseos de hacer. En ese congreso fue que la idea de una Unión cogió fuerza, más que la de Asociación, entonces el término tenía un tufo a comercial, mercantil, al pasado. Creo que fue el mismo Fidel el que dijo de crear una Unión dentro de la gran diversidad.

La UNEAC no nació para controlar a nadie, ni para dirigir o favorecer ninguna tendencia, surgió con el espíritu de Fidel de la conciliación. Cuando se creó había una diversidad ideológica: cristianos, católicos, masones, revolucionarios del Partido Socialista Popular, del Movimiento 26 de Julio, del Directorio Revolucionario y otras tendencias que de alguna manera se habían acercado a las artes y tenían una obra.

¿Cómo veía a la UNEAC aquel joven de 21 años?

Haber nacido en el año 40 me dio la posibilidad de reunirme con el sancta sanctorum de la intelectualidad cubana. Estaban vivos Alejo Carpentier, Nicolás Guillén, Fernando Ortiz, Hortensia Pichardo, Fernando Portuondo, todos los grandes y con todos me codeé. De la historiografía tuve como maestros, nada más y nada menos que a Juan Pérez de la Riva y a Manuel Moreno Fraginals, además de la enseñanza de Argeliers León y María Teresa Linares. Entonces, nacer en la década del 40 fue un privilegio y tener 80 años en esta Revolución, con la memoria clara, es otro privilegio.

Tuve la gracia de que la UNEAC la presidiera Nicolás Guillén. En los primeros años parecía que iba a ser una organización elitista, que no era el sentimiento ni el propósito de ninguno de sus fundadores y menos el de Nicolás. Nació primero en La Habana y luego en Santiago de Cuba. Así fue creciendo hasta que muchos años después se multiplicó en todas las provincias del país. Pero al comienzo fue demasiado selectiva en mi opinión, hubo mucho rigor. Luego se fue abriendo y abriendo, empezaron a ingresar músicos, pintores, dramaturgos y escritores de relevancia.

El presidente Miguel Díaz-Canel ha sostenido un diálogo muy cercano con la intelectualidad, lo que sin dudas constituye la continuidad de la labor política que caracterizó a Fidel en el campo de la cultura. ¿En qué medida es beneficiosa esta aproximación?

A casi todos los congresos nuestros asistía la más alta dirigencia del país. Yo no recuerdo uno en el que no haya estado sentado al lado de Fidel Castro mientras fui presidente y vicepresidente durante 22 años.  Pero no sólo Fidel, los Ministros de Cultura, Armando Hart Dávalos y Abel Prieto, que cuando presidió la UNEAC recuperó todo lo bueno que había hecho Nicolás Guillén y lo mejoró con creces.

Miguel Díaz-Canel es un hombre inteligente, preparado, culto, un hombre que fue directo a la burocracia de las empresas y las combatió en el IX Congreso con valentía. Es una relación recíproca porque el Estado y el Gobierno se benefician escuchándonos. Es una fusión de almas como diría aquel gran músico Ignacio Cervantes.

Del último congreso de la UNEAC devino un profundo análisis sobre la relación entre los escritores y artistas cubanos, las instituciones y el sistema empresarial. ¿Cómo se expresa esa relación?

Una cosa es el Ministerio de Cultura, el Instituto de la Música, el Consejo Nacional de las Artes Plásticas, el Consejo Nacional de las Artes Escénicas y otra son las empresas. Yo creo que los escritores y artistas hemos tenido la suerte de contar, desde que Armando Hart asumió el Ministerio de Cultura, con ministros que han tenido la sensibilidad y la conciencia de saber qué es la cultura y para qué sirve. En ocasiones, las empresas han manipulado, desdeñado y subestimado a los creadores, y eso fue lo que combatió severamente Miguel Díaz-Canel en el IX Congreso. Pero si alguna institución cultural del país se equivoca en la aplicación de la política cultural, para eso están los escritores y artistas, para juzgar y hacer una crítica constructiva. Tenemos que ser cada vez más exigentes en cuanto a lo que publicamos, lo que promovemos. Que nuestra producción responda a los valores éticos y artísticos de la política cultural del país.

¿Es conciliable el concepto de industria cultural con el modelo socialista cubano?

Si la industria cultural produce valores, merece el respeto de los escritores y artistas, si la industria cultural no produce valores reales, lo mejor es que no exista. El arte también es una mercancía, pero hay que ser cuidadosos con qué es lo que produce esa mercancía, si produce bienes espirituales o maledicencias, subvalores. Ahí está el punto álgido, de equilibrio difícil.

Nunca he escrito nada con un afán lucrativo, ni creo que ningún artista o creador verdadero deba proyectarse con una misión industrial o mercantil. Dejémosle eso al neoliberalismo, al capitalismo que produce tanta chatarra, cuyas industrias culturales engendran literatura de los quioscos, arte pueril, banal. Nosotros tenemos que fijar bien los valores éticos, estéticos, si estos no existen, no existe posibilidad alguna de mercantilización.

Si un producto reúne los valores y logra convertirse en una mercancía de beneficio social, mejor; pero el artista no debe crear para el mercado, sino para sí mismo y para su pueblo. La UNEAC debe asegurarse de que sus miembros tengan las condiciones éticas y los valores estéticos para proclamarse como tales.

Uno de los grandes logros de la UNEAC ha sido estimular la unión tanto de artistas nacionales como de otros que están fuera de Cuba. Sin embargo, en los últimos tiempos ha habido una tendencia al odio y al linchamiento de nuestros artistas, principalmente en el ciberespacio. ¿Qué debe hacer la organización para mantener este papel conciliador?

Recuerdo cómo algunos escritores españoles, franceses, argentinos, se reunían en los cafés de París, tomando vino, queriendo con experimentos y malabares hacer la Revolución cubana. Tenía 27 años y tuve la madurez de darme cuenta que estaban destilando sus frustraciones políticas y personales en las borracheras. Lo mismo sucede, muchos años después, con estos personajes en las redes.

No sé si debamos mantener ese papel de manera conciliadora. Hay que dar una respuesta a través de los medios y las redes a esas personas canallas que tratan de demeritar con sarcasmo a los verdaderos artistas y escritores cubanos. Es lógico que esos personeros, que salieron de Cuba y tienen una frustración política y humana, actúen así y se burlen de los que estamos aquí. Qué podemos esperar de ellos, si es la manera en la que pueden justificar su exilio. No hay nada más duro que el exilio. He visto los cerebros brillantes de varias generaciones hechos pedazos, añicos por vivir en el exilio.

Es cómo el racismo. ¿A quién daña más una actitud racista? ¿A la víctima o al victimario? Al victimario. La víctima está acostumbrada a que la discriminen. Ahora, el victimario tiene una dosis de veneno tan grande, de resquemor y de odio que llega a enfermarse; su odio llega a convertirse en una patología.

La respuesta de la UNEAC es trabajar cada día con más grandeza, que la producción tenga la dignidad que merecen los nombres de los fundadores y de la organización. Tenemos que desarrollar las herramientas y la capacidad de responder con madurez a esos ataques y cómo mejor podemos responder es con nuestra obra. Ahora, a las polémicas serias, las cuestiones de carácter ideológico y los debates de altura sí estamos obligados a responderlos con principios.

A lo largo de sus 59 años como miembro de la UNEAC ha presenciado diversos debates en torno a la crítica y el periodismo cultural. ¿Cree que haya alguna manera de resolver este déficit?

Juan Marinello habló de la indigencia de la crítica en nuestro país. Al crítico honesto no le preocupa buscarse problemas con nadie, dice lo que piensa y lo que siente de acuerdo a sus valores, formación, capacidades y atributos. Pero abunda el oportunista y el cobarde que no critica para evitar problemas y esto no le hace ningún bien a la sociedad ni al arte.

La crítica verdadera es la que traza y va definiendo las estrategias y la producción culturales, es la que quita la paja y deja el grano, la que elimina la chatarra y deja los valores imperecederos. Pero esa crítica escasea en Cuba, lamentablemente. Ojalá que la Comisión de Cultura, Medios y Redes Sociales de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba pueda asumir una responsabilidad en ese sentido. Hacen falta críticos honestos y valientes, son figuras cardinales en la política cultural de un país. No queda más remedio que buscarse problemas.

¿Cómo puede contribuir la UNEAC a que no ocurran distorsiones en la política cultural cubana?

Yo creo que el papel que jugó la UNEAC y que debe seguir jugando con esta nueva dirección, debe ser el de registrar todos los criterios y las opiniones de la intelectualidad de valía con relación a la política cultural del país. La prioridad de la UNEAC es escuchar, valorar, atemperar todos los puntos de vista de los artistas en un gran buzón de quejas y sugerencias que, como una correa de trasmisión, se traslade a las esferas del Estado, el Gobierno, el Ministerio de Cultura, al Partido. Es el modo que tenemos los escritores y artistas de expresar nuestras inquietudes.

Que no sea solo la burocracia quien defina qué es la política cultural, eso está en manos de los escritores y artistas que son los que tienen el termómetro y la vibración espiritual de qué es la cultura. Si la cultura es de los verdaderos artistas y escritores, la política tiene que ser de los revolucionarios verdaderos, no de los burócratas. Con ese espíritu creó Fidel a la UNEAC, el de unir dentro de la diferencia, respetando todas las formas, pero siempre en función de un proyecto humanista, que es la Revolución cubana.

De esta manera se determinará si la política cultural que se está desarrollando es válida o no. Si es errada, entonces hay que criticarla severamente para no caer en baches como en el de la década del 70, cuando el llamado quinquenio gris. No se pueden repetir situaciones así, que dejan secuelas muy dolorosas. Aquello también fue una pandemia, lo que algunos nos curamos y otros no.

La otra prioridad es la de atender a sus miembros, a cada uno como si fuera el mejor, sin discriminación, pero con la exigencia y el rigor necesarios. Deben crearse los órganos de promoción y divulgación del trabajo de la UNEAC, tienen que circular las revistas de la organización a lo largo y ancho del país, darse a conocer nuestras publicaciones, las obras audiovisuales, musicales, plásticas, el trabajo de los artistas escénicos.

Tenemos que mostrarle al mundo y a todos los cubanos la riqueza que tienen nuestros escritores y artistas, y su sentido de compromiso. La función del artista y el escritor no es ser una persona enclaustrada en sí misma como una ostra, en una torre de marfil, sino servirle a la nación con su obra y su labor ancilar, que es la de promover la cultura. La UNEAC debe estimular y encauzar a sus miembros hacia una vocación de utilidad social.

¿Qué es la UNEAC para Miguel Barnet quien, 59 años después, sigue envejeciendo junto a ella?

Ahí pinté las rejas en trabajos voluntarios, ahí le di de comer a los pollitos y a las palomas de Nicolás Guillén, ahí me senté en la mesa a tomar una copa de vino o de ron con los artistas y escritores cubanos durante muchos años, ahí me alegré mucho y tuve momentos de sufrimiento, pero al final no concibo mi vida sin la UNEAC, es como una prolongación de mi casa.

Lezama Lima definió a la UNEAC como la casa del Dante y hay que seguir honrando esa casa. Pero, ese batón lo tiene la nueva generación, que tiene que mirar hacia atrás y respetar y querer a los que estuvimos antes, que no lo hicimos tan bien como debíamos, pero lo hicimos con mucho amor.

Fuente: http://www.cubarte.cult.cu/blog-cubarte/uneac-unir-dentro-de-la-diferencia/


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