GUAYASAMÍN, PIEL ADENTRO…


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Su obra es como una sinfonía desde el color. Tiene varios movimientos donde sobresale esa nota musical que en la pintura es el Hombre y su lucha cotidiana por alcanzar un mundo mejor. Es un artista singular que lleva dentro el dolor de estas tierras y sus creaciones lo traducen, pues es parte intrínseca de su labor…

Los recuerdos de encuentros, diálogos y entrevistas con el célebre artista ecuatoriano Oswaldo Guayasamín (Quito, 6 de julio, 1919- Baltimore, Estados Unidos, 10 de marzo, 1999) están guardados en un lugar especial de mi ser, y también en periódicos y revistas…que constituyen páginas de un inmenso tesoro de palabras, sentimientos y momentos, que contó a lo largo de los años.

Hoy, 10 de marzo, en ocasión de un aniversario más de su fallecimiento, salen a flote retazos de algunos de aquellos instantes en que las preguntas dieron paso a respuestas repletas de pasión, vida…, que “arman” hoy, en la distancia del tiempo, a un hombre singular que amó a esta Isla como algo muy propio, y donde cultivó una sólida amistad que traspasa fronteras de toda índole. Abramos una vez más nuestras páginas para recordar a un buen amigo de Cuba y Fidel…

De aquel inolvidable primer encuentro con Guayasamín, hacia 1984, cuando recién comenzaba en esta carrera periodística, se rescatan estas “estelas” (si se permite utilizar el término) en el papel  del periódico Granma Internacional: “… El recuerdo más antiguo que guarda de su vida Oswaldo Guayasamín, célebre escultor, pintor, dibujante, grafista y muralista, es el de su labor en la pintura. Desde la edad de ocho años hacía “cuadritos” típicos de su tierra, paisajes…, hechos sobre trozos de lienzo y cartón, que vendía en la Plaza de la Independencia, para ayudar a su humilde familia a subsistir –comentó con voz pausada y sentida- en una tarde de junio habanera. Hijo de padre indio, de origen kichwa y madre mestiza, el creador confesó que pintar es su vida y, si por algún motivo no pudiera hacerlo, moriría…”.

Así comenzó la conversación con uno de los creadores latinoamericanos que más reconocimientos internacionales ha acumulado a lo largo de su trayectoria artística. Guayasamín, además de consagrar más de 12 o 14 horas diarias a la pintura y a la escultura, excepto el domingo que lo dedica a hacer ejercicios físicos, destina también parte de su vida a las actividades políticas. Es presidente de la Asociación Latinoamericana de Derechos Humanos y encabeza el Comité de la Paz, y como tal condujo un juicio –que se hizo a Ronald Reagan en Quito- en el que condenó la actitud y política del primer mandatario estadounidense.

En su quinto viaje a Cuba (en 1984), en ocasión de la Primera Bienal de La Habana, trajo una exposición de 160 dibujos que se montó en el Museo Nacional de Bellas Artes, situado en la parte antigua de la ciudad, y que fue una de las sedes de esta magna fiesta de las artes plásticas continentales. Hace dos años y medio, Guayasamín había acercado a La Habana una gran muestra de su conocida serie La edad de la ira, y “ahora me sentí obligado a traer –dijo-, una exposición más humilde, no por el número de trabajos, que son bastantes, sino que constituye una selección desde cuando tenía 14 años hasta los últimos de este 1984. Pero explicó que como aquí en Cuba ya se conocía su obra, quería mostrar al pueblo cómo se hace un cuadro, cómo se ejecuta”.

Eran pequeños dibujos, y constituían las primeras impresiones de cuando surge en la mente o en el corazón –confesó-, la idea de la obra. Y subrayó con énfasis, y un amor que exhalaba en cada palabra, que en realidad no eran dibujos para exponer, sino “los primeros ladrillos de una edificación, las primeras ideas básicas, porque de casi todos ellos han surgido grandes cuadros –al menos de tamaño- expresó sonriente.

El camino del llanto…

Guayasamín habla lenta y firmemente, parece que lleva muy dentro la tristeza del indio latinoamericano, y todo el sufrimiento acumulado en siglos de injusticia… “En 1951 terminé una obra que se llamó El camino del llanto, un canto sobre la vida de los mestizos, los negros y los indios del mundo latinoamericano. Cuando la terminé hace 25 años, comencé a pintar La Edad de la ira”. Para realizarla –contó- que estuvo recorriendo durante siete años todo el planeta, sobre todo, los países donde han sucedido grandes conflictos, los campos de concentración, la bomba atómica. Reunió cerca de 7 mil dibujos, los cuales desarrolló en esa obra de casi 300 cuadros de La Edad de la ira…Y entonces habló que desde hacía seis años trabajaba otra serie, de la que expuso en Madrid cerca de 30 piezas. Una colección que cerraba un ciclo de tres movimientos –dijo– como en la música sinfónica: es una “serie sobre la ternura y se va a titular Mientras vivo siempre te recuerdo. Obra en honor a mi madre, que murió joven, de tanto trabajar, y considero que las madres, todas las mujeres del mundo, son las que duramente sufren el impacto de esta violencia que ha surgido en nuestro tiempo”. Este tercer movimiento de su sinfonía pictórica –recordó–  habla sobre el esfuerzo del hombre a través de la ternura de las mujeres en la Tierra, las madres de la Plaza de Mayo, de la mujer –en general–, que es la que más sufre en estas luchas, que pierden el hijo, padre o esposo y se quedan solas. La soledad es lo más grave”.

“En este tema de la ternura digo: todos los oficios y profesiones son buenos, todas las religiones son buenas porque cada una nace en un espacio de territorio específico: la montaña, el desierto, la costa, la isla y cada una tiene algo que decirnos del espacio donde vive su pueblo. Cada hombre nacido en distintas partes de la Tierra, tiene algo que decir: blanco, negro, mestizo. Por eso, pintar sobre la ternura, es gritar a los demás porqué existimos”. Y entonces recordó: “la Tierra es un pequeño astro, un pequeño espacio en el universo que los hombres han dividido en fronteras, himnos, banderas… que nos hacen a cada uno de nosotros enemigos de sus hermanos. Hay que hacer una sola bandera para los hombres de la Tierra, la bandera del Sol, del Tahuantinsuyo y alcanzar la unidad”.

Como el tema de la Primera Bienal de La Habana era protagonista de ese viaje…el creador quiso subrayar que había observado en el recorrido un alto grado de calidad, y que consideraba que América Latina estaba muy bien representada. Pero lo que más valor tenía para él “es el acto de fe que han dado los artistas del continente, que significa la participación de más de 2 mil obras de 800 creadores, expresiva de la fe que se tiene en Cuba, la Revolución y Fidel”. En este sentido señaló que muchos de estos trabajos tuvieron que recorrer un largo camino para llegar a La Habana, y fue un gran sacrificio para los pintores, que demuestran de esa forma esta fe. “Vinieron piezas –agregó- de pintores de cierta edad, muy conocidos, y concursan como si fueran niños. Aquí en la Bienal se reunió la plana mayor de la pintura latinoamericana, hay una representación muy alta de la pintura de América Latina”.

La Fundación Guayasamín

Para Guayasamín existen en América Latina tres movimientos de las artes plásticas –según refirió en otra ocasión– que son los más importantes: el de México, por la trayectoria que ha tenido desde principios del siglo XX con Orozco, Rivera y Siqueiros; el de Cuba, donde se realizan experiencias importantísimas e interesantes, y el movimiento de Ecuador, o específicamente de Quito, donde hay una gran fuerza de creación. Y comentó que un día acordó con sus hijos que los fondos que tenían guardados no podían ser repartidos, y decidimos donarlos a nuestro país: de esa forma organizaron la Fundación que ellos dirigen. Es de carácter absolutamente privado –dijo- y no ha tenido, ni queremos tampoco, ayuda oficial ante el peligro de que las cosas pudieran sacarse del país algún día. En la Fundación –refirió– se hacen cuatro cinco exposiciones al año. “Al artista no le cuesta nada, como es una galería no comercial, nada se le quita del producto de la venta de los trabajos, al contrario, imprimimos carteles, hacemos la propaganda, catálogos… La gente sabe allá que le ofrecemos una selección de selecciones”.

Despertar habanero de 1993…

Los primeros días del enero de 1993 despertó en la pequeña Isla caribeña el artista… ¿Cuba, para Guayasamín? Con amor abrazó cada palabra ese día para responder. “Es la única ventana abierta que queda en este continente por donde salir a explorar el bienestar de América Latina. Lo único que va quedando aquí es Cuba, como muestra importante del porvenir en este continente”. Quiso entonces continuar la frase que empezó –y no terminó– el día de la inauguración de su Casa-Taller en La Habana Vieja. “Lo que no alcancé a decir o no quise decirles, por no alargar mis palabras. En este mundo quebrado, aplastado por la hegemonía de Estados Unidos, de nuevo Cuba es el único país donde hay respeto al ser humano, al niño, a la mujer, al trabajador. Aquí no hay, aunque la situación económica es dura, no hay niños descalzos, no se ven pordioseros en las calles…”.

Entonces se refirió a que había visitado una pequeña escuela de la capital y constató de cerca la emoción con que esos alumnos viven, son felices en su pequeño espacio, sin riquezas, ni prepotencias, pero tienen seguridad, dijo. “Ahí es donde entiendo porqué, por más de 30 años los Estados Unidos han querido acabar con este sistema. Es miedo a la Revolución, miedo a que Cuba sea ejemplo para América Latina. Por eso la tratan de aplastar. He preguntado a las gentes en la calle y las respuestas coinciden: ¡Ojalá Fidel sea eterno!”

Tres diferentes maneras de pintar

En las obras del artista existen tres tipos de pintura que forman una unidad, aunque de cierta manera están separados uno de otro.

Hace primeramente muchos retratos, en los que expresa que es solamente una especie de secretario espiritual de la persona que le está posando. “¿Lo que hago? Mirar a esa persona, ver cómo se mueve; por eso, mientras pinto, pongo a otra persona que le de conversación para así poder observar sus gestos, su vida interior. En estos retratos me tardo poco. Hace dos años –dijo en 1984–  hice un retrato de Fidel, un gran retrato de 1.40 metros de alto por 1.20 m  de ancho. Luego, hacia 1993 cuando inauguró su taller habanero anunció que el primer cuadro que pintaría –y así lo hizo- sería un nuevo retrato del presidente cubano, y según señaló en esa ocasión: “es la primera persona, de los cientos de retratos que he realizado que no puedo captar de una sola vez…”.

Esta parte de los retratos –añadió– es muy diferente de la de La Edad de la ira, donde realizo cientos de dibujos para ejecutar la obra hasta el momento en que surge la idea definitiva del cuadro. Entonces coloco esos dibujos en las paredes y extraigo de cada uno lo más importante para hacer el cuadro grande. Estos trabajos duran a veces cinco años o hasta diez.

El tercer tipo de pintura son los paisajes y las naturalezas muertas. “Esto ya corresponde a parte de mi vida íntima. Cuando estoy triste, alegre o me siento solo, entonces pinto estos paisajes de acuerdo con mi interior, me busco piel adentro…A lo mejor hago lo contrario, si estoy triste hago un cuadro de Quito muy alegre para compensar un poco mi estado de ánimo, mi vida, o me dejo arrastrar por la tristeza o la soledad, y pinto Quito completamente desolado… Esas son mis tres diferentes maneras de pintar, en las que cada obra tiene para mí una forma de interpretación”.

Guayasamín interrumpió en ese punto la conversación, observa entonces la lluvia que caía aquel día de junio habanero y esbozó algo muy suyo: “Hay cosas como esta, un día lluvioso en La Habana, estos árboles que estoy mirando; si tuviera que pintar, haría acuarelas, para que esa lluvia esté impregnada de la humedad que tiene la ciudad ahora. Sin embargo, si hiciera una obra a pleno sol, en paredes blancas, entonces utilizaría una textura muy gruesa de colores acrílicos, mezclados con polvo de mármol. O si tuviera que pintar obras de La Edad de la ira, mezclaría montones de distintos materiales; haría huesos y lágrimas, o lágrimas que se vuelven huesos, que de tanto llorar se han endurecido”.


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