Adiós, nada abstracto, a Pedro de Oraá


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El deceso de Pedro de Oraá, este martes 25 de agosto, se añade a los golpes con que el bisiesto 2020 ha fustigado a la cultura cubana. Premio Nacional de Artes Plásticas 2015 y Premio Nacional de Diseño del Libro 2011, entre otras distinciones relevantes, tuvo sus inicios como poeta, en Caibarién, junto a autores de la talla de Carlos Galindo Lena o Antonio Hernández Pérez. Oraá era en verdad un humanista, pues su obra es amplia, desde la literatura, el diseño, la promoción, edición y traducción, hasta el legado singular y profundo de su obra plástica, que vindica al más alto nivel el valor del arte abstracto. Tradujo además del búlgaro la obra de poetas hasta entonces desconocidos en castellano.

Su último libro publicado por Artecubano Ediciones, Abstractivos, da fe de la permanencia y solidez de su obra, además de la seguridad en el valor de una tendencia que en su momento sufrió incomprensiones injustas. Para Oraá, la abstracción estuvo siempre viva y gozó de una vigencia que consideró extraordinaria, pues se trata, de acuerdo con sus propias palabras, de “la experiencia más original del arte del siglo XX”. La trascendencia que el abstraccionismo adquiere en la obra de Oraá proviene, fundamentalmente, del giro concreto que le imprime a sus piezas. Mezclando muy bien su vocación poética con la pictórica, consideraba que la pintura debía darse por sí misma, sin preocuparse por representar algo en específico, o concentrarse en un mensaje cerrado. Para un artista de la clarividencia de Pedro, no era un problema sin solución la dicotomía entre la figuración y la no figuración. Tempranamente, desde la misma década del 50 del siglo XX, cuando formó parte del grupo Los Once y de Diez pintores concretos, el artista lo había vislumbrado. Como dijera Borges, basta acudir a su obra para demostrarlo.

Con la revolución cubana, Pedro se vinculó a numerosos proyectos, desde el Teatro Nacional, El Consejo Nacional de Cultura, hasta la revista Unión, invaluable a cargo de su dirección artística. Su extensa ficha curricular, desde Pinturas, dibujos, collages, en la Galería Sardio, de Caracas, en 1957, hasta Abstractivos II, en Museo Nacional de Bellas Artes, en 2016, reclama que regresemos a ella con el rigor que merece y, sobre todo, sin los fantasmas del prejuicio. Con el lamento y el pésame a los tantos que lo sienten, se cierra el paréntesis simple que engloba la línea de su vida (Pedro de Oraá, La Habana, 1931-2020). En su interior, queda un legado infinito y sorprendente, según la esencia de su propia obra, pictórica y poética.


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