Lydia Cabrera y Wifredo Lam: Cuba, los años decisivos (1941-1945). Parte II


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Por: Roberto Cobas Amate

 

Mientras Lam se afana por reencontrarse a sí mismo en su país natal, otros artistas cubanos habían afirmado su discurso plástico en la búsqueda de una expresión autóctona de identidad. Son los casos de Amelia Peláez con sus exquisitos bodegones criollos; René Portocarrero y sus nostálgicos interiores del Cerro; Víctor Manuel y los idílicos paisajes de Matanzas; Mariano Rodríguez con sus espléndidos gallos, pletóricos de colorido y movimiento. Unidos a otras figuras igualmente relevantes, ellos configuran imágenes que devienen rápidamente en iconos de la pintura cubana del momento.

Lydia Cabrera y Wifredo Lam. (Imagen tomada de internet).

Los pintores contemporáneos cubanos no fueron generosos con Lam, no le tendieron una mano amiga. Lam sintió un enorme vacío alrededor de sí que sólo fue sustentado por la amistad inquebrantable de Lydia Cabrera y Alejo Carpentier, como no mencionarlo. A mediados de 1942 casi nadie se había percatado de que un gran artista se encontraba en Cuba. Fue Lydia Cabrera quien lo dio a conocer en un lúcido artículo en el influyente Diario de la Marina:

Ignorábamos que este auténtico pintor —la frase viene de Picasso, el más auténtico de los genios de nuestro tiempo— de quien leíamos el nombre con frecuencia en los catálogos de las exposiciones de la moderna pintura con Braque, Leger, Klee, Ernst, Miró, Gris, Chagall, Picasso el Mago; y cuyas telas de una plástica tan nueva y rica y a la vez tan rigurosa era ¡cubano![1]

Mas adelante revela en sus palabras el sufrimiento del artista que padece la más absoluta soledad y endurece el tono cuando sentencia: «Actualmente Wifredo Lam está viviendo en La Habana —en todos los órdenes e intensamente en lo moral— la tragedia de un desterrado».

Tiene palabras de halago y comprensión para la pintura que venía realizando Lam al aseverar:

su inspiración busca las fuentes primordiales de un mundo que él recrea, sin limitaciones en lo espiritual, rico de fuerzas interiores, increíble de posibilidades y de consecuencias. Mundo que llevaba adentro, quizás sin sospecharlo, al que su instinto le conduce, maduro de experiencias, y del que nos separan no tanto las montañas de siglos, sino los abismos de la incomprensión, del hábito y de los prejuicios.[2]

Y cierra su reportaje con un tono de reproche al afirmar: «…es imperdonable se silencie por más tiempo en Cuba su propia tierra».[3]

No obstante «su existencia solitaria y difícil», Lam no desespera. Trabaja metódica, pero intensamente, por encontrar soluciones originales a este primer ciclo de obras cubanas tan cercanas a su experiencia francesa. En esta evolución fue decisiva su relación estrecha con Lydia Cabrera, estudiosa del folklore y las costumbres afrocubanas quien había demostrado una profunda sensibilidad poética para su interpretación. Gracias a ella Lam se acerca a la poesía contenida en las creencias afrocubanas. Territorio inexplorado, este será el detonante de una pintura que actuará como un polo aislado, pero poderoso, dentro de la plástica de la época. En virtud de esta revelación, Lam supera los márgenes de actuación dentro del cubismo analítico para impregnarle una vida nueva, un lirismo desconocido.

Boceto para retrato de Lydia Cabrera, ca. 1940.

También, gracias a Lydia Cabrera, Lam encontraría el hogar ideal para la creación de algunas de sus obras más relevantes y universalmente reconocidas. Helena Holzer precisa esta afortunada intervención de Lydia en sus vidas cuando rememora:

En febrero de 1942 Lydia nos encontró una casa buena y adecuada cerca de donde ella vivía en Marianao. Situado en la calle Panorama 42, el gran edificio de una sola planta tenía ocho habitaciones. Asignamos cuatro al trabajo de Wifredo. Dos de esos se interconectan y pueden acomodar obras grandes. En estas habitaciones nació La jungla.

Antonio Núñez Jiménez, eminente científico cubano, amigo y biógrafo del artista, señala la significación que tuvo su nuevo hogar para Lam y cómo le sirvió de inspiración para crear algunas de sus obras más significativas: «En aquella casa plantaron un huerto, añadiéndole otros árboles a los que ya había. Allí crecieron el plátano, la fruta bomba, y el quimbombó, exuberante flora que le serviría de tema para muchos de sus cuadros (…)».[4]

A partir de ese momento el artista inicia un intenso trabajo de adaptación del cubismo y el surrealismo al mundo mágico «virgen» recién descubierto. Lam evoca este momento cuando medita:

Aquí en Cuba había cosas que eran surrealismo puro. Por ejemplo, las creencias afrocubanas; en ellas podía verse la poesía conservada en su estado mágico, primitivo.[5]

Trabaja incansablemente pintando sobre papel kraft. La experiencia resulta exitosa y así hacen su aparición Figura con gallo, Maternidad en verde, Mujer sobre fondo verde, entre otros óleos y temperas que constituirán antecedentes importantes de cuadros trascendentales en su producción plástica. La poesía cristaliza en su obra en la conciliación armónica del arte occidental con la sabiduría ancestral de las creencias y leyendas afrocubanas. Tal como el propio Lam afirma: «No suelo utilizar una simbología precisa. Nunca he concebido mis cuadros en función de una tradición simbólica, sino siempre a partir de una excitación poética».[6]

La silla, 1943. Óleo sobre lienzo 131 x 97,5 cm. Col. MNBA.

Este camino lo conduce a La jungla, su obra suprema, a la que se unen en un ciclo de increíble creatividad La silla, La mañana verde, Omi Obini y otras piezas con las cuales logra una interpretación estética inédita de la convulsa y compleja realidad americana. La vitalidad de esta pintura y el poder regenerador que irradia lo ubican, súbitamente, a la vanguardia de la plástica cubana de la época. Este reconocimiento de Lam como maestro no sólo de la pintura cubana sino del arte universal, donde encontramos el lirismo a su más alta expresividad tienen una figura protagónica que es imposible soslayar: Lydia Cabrera. Los estudiosos europeos y norteamericanos del artista, sobre todo los franceses, que por cierto han tratado de absorber oportunistamente a Lam para integrarlo a su cultura, como si su presencia en Cuba fuera un accidente en su rica biografía, no han percibido la resonancia de esta mujer extraordinaria en la ejecución de las más importantes obras de Lam, dándole todo el mérito a artistas de Occidente ya sean Matisse o Gauguin, Picasso o Breton. Sin la sabiduría de Lydia Cabrera probablemente nunca hubiera existido La jungla, cuyo nombre proviene del vocablo anglosajón The jungle, pero que en realidad debía llamarse el monte o la manigua, propias de la naturaleza de nuestra Isla, pues en Cuba no existe una jungla, sino el monte, donde transcurren todos los misterios y poderes de los orishas que la habitan de la Regla de Ocha o Santería.

En La jungla Lam sintetiza los principales aportes de las vanguardias artísticas y los pone en función de expresar, en imágenes de una densidad plástica y conceptual desconcertantes, una sensibilidad poética primigenia que no podía darse en otra parte sino en nuestra América[7].

Lam realiza entonces otras obras de gran envergadura en las cuales incorpora a plenitud la riqueza expresiva de una vegetación frondosa y unas frutas tropicales exuberantes —que integra hábilmente a su pintura aprovechando su connotación sexual como el plátano y la papaya— y simultáneamente trabaja en un grupo de composiciones con las que avanza en el estudio de los efectos ópticos de la luz y el color así como su utilización en función de una estructura cubista, siempre integrados a la mística religiosa afrocubana. Este deslumbramiento se evidencia en una serie de óleos sobre papel ejecutados fundamentalmente entre 1943 y 1944, caracterizados por una pincelada impresionista, casi puntillista, que bosqueja los contornos imprecisos de las figuras mediante el contraste entre el color, la luz, y el fondo ocre del papel. Así se aprecia en Mujer con las manos en alto y Pájaro-flor. La fascinación de Lam por la «luz cubana» queda al descubierto cuando evoca con admiración cómo: «…la transparencia de la luz produce sobre los colores un efecto mágico. Nuestra luz es tan transparente, que las hojas de algunos árboles dan la sensación de estar iluminadas por dentro, porque aquí el Sol, aún con los ojos cerrados, se le mete a uno dentro, por la boca, por las orejas. En Cuba vivo una perenne borrachera de luz. En realidad, yo no puedo hablar de cómo veo los colores, sino de su transparencia, que llega a sugerirnos una inédita relación de sus propios valores».[8]

Al consolidar lo que será el núcleo central de su poética —alrededor del cual girarán en forma de espiral sus etapas posteriores— Lam explora temas tradicionales de la pintura, a los que incorpora una visualidad diferente como resultado de la síntesis del cubismo y el surrealismo. El artista alcanza una nueva dimensión pictórica a partir de la interpretación poética de la singular realidad americana.

Autorretrato, 1938.

La pianista, 1938.

De esta manera quedan trasmutados paisajes, naturalezas muertas y retratos, impregnados por una magia viva presente en la cotidianeidad de la vida. A este ciclo pertenecen los llamados altares, conjunto de obras realizado hacia 1944 en las cuales Lam integra elementos procedentes de la santería y el espiritismo. Con ellas redimensiona el tradicional tema de las naturalezas muertas, dotándolas de un contenido mágico-simbólico. Estos altares están constituidos por ofrendas dedicadas a las deidades afrocubanas y entidades espirituales que comen y beben al igual que los seres humanos. La representación frecuente de Elegguá —uno de los orishas mayores del panteón yoruba—, poseedor de «las llaves del destino, [que] abre y cierra la puerta a la desgracia o a la felicidad»—[9] indica la inmersión de Lam en las religiones afrocubanas, en las que se mueve con total libertad y un alto vuelo poético.

Mujer con niño, 1941.

En otras obras Lam aborda la diversidad aparentemente antagónica del universo, conflicto resuelto por el artista mediante la ósmosis en la que participan todas las criaturas, materiales o inmateriales, en una acción que reafirma la unidad de lo existente. Los personajes surgidos de esta imaginería están integrados a la naturaleza como expresión universal de vida. En Pájaro-flor, 1944, o Figura alada, 1945, se aprecia la consolidación de una poética de transmutaciones y de simbiosis de mundos diversos, aparentemente opuestos e irreconciliables, conciliados en un acto de fusión perpetua.

Sin dudas el período decisivo de su creación fue el primer lustro de sus años cubanos (1941-1945), en los que alcanza su plena madurez que lo convierte en un artista universal. Años extraordinarios en los que se encuentra consigo mismo y su cultura, definiendo un estilo que lo conducirá a realizar un conjunto apretado de obras maestras. La poderosa irradiación de la cultura afrocubana bajo la guía discreta pero sabia de Lydia Cabrera sobrepasa con mucho sus estancias artísticas en España, París y Marsella, para convertirse en el faro iluminador de un artista excepcional.

 


[1] Lydia Cabrera. «Un gran pintor: Wifredo Lam». Diario de la Marina, La Habana, 17 de mayo de 1942.

[2] Ibidem.

[3] Ibidem.

[4]Antonio Núñez Jiménez. Wifredo Lam. Editorial Letras Cubanas, Ciudad de La Habana, 1982. p. 170.

[5] Gerardo Mosquera. “Mi pintura es un acto de descolonización”. Entrevista con Wifredo Lam. En: Exploraciones en la plástica cubana. Ciudad de la Habana. Editorial Letras Cubanas, 1983, p 189.

[6] Max-Pol Fouchet. Op. cit., p. 204.

[7] Nuestra América es el título de uno de los ensayos políticos más lúcidos sobre el continente americano escrito por José Martí, Apóstol de la Independencia de Cuba, en el siglo XIX.

[8] Antonio Núñez Jiménez. Wifredo Lam. Ciudad de La Habana. Editorial Letras Cubanas, 1982, p 232.

[9] Natalia Bolívar Aróstegui. Los orishas en Cuba. Ciudad de La Habana. Ediciones Unión. 1990.


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