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La inefable plenitud del vacío

Noel Alejandro Nápoles González

Cierta vez un hombre visitó una escuela. Es una escuela para niños y adolescentes ciegos y débiles visuales, que lleva el nombre de Abel Santamaría, y que está en Ciudad Libertad, en La Habana. La visita ocurrió en plena crisis del período especial, en 1992, y se prolongó por tres meses. El hombre era un fotógrafo e iba armado, por supuesto, con su cámara, una lata de películas, un paquete de hojas y un sueño. Su nombre era Pedro Abascal, y estaba a punto de crear el ensayo fotográfico “Alas en la sombra”.

Especialista en vivir al borde, por aquellos tiempos Abascal se instalaba en la oscuridad más absoluta para montar el rollo en su cámara, pues así le ganaba dos fotogramas. Estamos hablando de un momento en el que lo único que abundaba era la escasez. La Unión Soviética acababa de colapsar y casi todos creían que, con ella, Cuba se hundiría también. En un escenario tal, la economía amenazaba con convertirse en un agujero negro que podía tragarse cada logro social, cada ideal político, cada esperanza. Era el período especial…

Como si fuera poco el contexto social adverso, por aquella época la muerte se había ensañado con algunos familiares y amigos de Abascal, experiencia que lo llevó a trabajar paralelamente en otro ensayo, titulado “Epitafio”.

En los años 90 del siglo XX, en Cuba cada sueño se volvió una pesadilla. A propósito, Abascal tiene una foto que retrata el zeitgeist del período especial. En ella, un hombre carga una bicicleta y desciende por una escalera y se adentra en la oscuridad, como quien ingresa al infierno. Semiótica de la bicicleta: metamorfosis del placer de pasear en imperiosa necesidad de transportarse. ¿Qué diría Vittorio de Sica?

Lo más interesante de la foto es que el fotógrafo no hace más que hallar en el exterior lo que ya estaba en su interior.
Pedro Abascal

Abascal no titula sus fotos: les pone fecha y lugar, como quien fija las coordenadas de un suceso, o mejor aún, de sí mismo. Más que documentar, se autorretrata. Quizás por eso uno siente que estas medias tintas, estas sombras y estas luces lo habitaban a él cuando entró en aquella escuela. Cada foto suya es un viaje hacia sí mismo, pretextando una realidad que lo desborda.

 Sumido en una penumbra que se parece al abandono, un adolescente desaliñado contrasta con la sombra de otro
que lo interroga desde la luz saturada.
 

Cansancio, abandono, soledad: ¿serán esos los heraldos de la ceguera? ¿Qué es esto, un réquiem por la esperanza? ¿Acaso no hay antídoto contra las crisis, la muerte y los errores de la naturaleza?

Entonces viene lo que es para mí un segundo momento del ensayo, el cual me trae a la memoria una frase de Miguel Ángel Asturias: “¡Los ciegos ven el camino con los ojos del perro![1] Aunque me atrevo a enmendar la metáfora diciendo que ven el camino con el hocico del perro, y en el caso que nos ocupa, con las manos de la maestra.

Conocer los límites no es limitar el conocimiento. Por eso los niños y jóvenes de esta escuela juegan, sueñan, aman.

En la escuela Abel Santamaría se regala la luz y el calor que atesoran los dioses. Cada maestro es un Prometeo. No hay carencia que no venza el espíritu, ni tristeza que no aplaque el amor.

Cuando las letras del enigma se permutan en las de la imagen, la realidad se equilibra con el misterio y nace la poesía. Eso es el poeta: un traductor de enigmas en imágenes, el equilibrista de realidades y misterios. Y Abascal sabe serlo.

En las fauces de la oscuridad, un niño reverencia el rectángulo de luz que yace bajo sus manos.
Si yo tuviese una religión, sería ese vacío de papel que se llena todo de espíritu.
 

Lo más importante en una exposición fotográfica son los espacios en blanco entre las fotos, porque es donde el espectador continúa la historia mentalmente.
Pedro Abascal 

Entre foto y foto, se crea una elipsis, una ausencia, un hiato que busca en nosotros su diptongo. En el caso de “Alas en la sombra”, podemos rastrear las raíces del concepto en la antigüedad clásica. Hace 2500 años, en Grecia, Parménides de Elea afirmó una verdad evidente: “El ser es, el no ser no es”. De donde se sigue que la luz y el sonido son, pero la oscuridad y el silencio carecen de existencia, ya que son justamente la ausencia de luz y de sonido. Siendo fiel a la tesis de su maestro, Zenón de Elea se propuso probar la falacia del movimiento. En efecto, lo que se mueve parece estar y no estar en el mismo sitio, y ser y no ser al mismo tiempo, lo que lo convierte en un aparente sinsentido. Para argumentar su tesis, ideó una serie de aporías, como la de la flecha. Según esta, la parábola del vuelo está formada por infinitos instantes en los que la flecha está en reposo. Es como una película compuesta por sucesivos fotogramas. Por tanto, de acuerdo con el principio eleático —relativo a Elea—, el movimiento no es más que una sumatoria de no movimientos. Et voilá! El mundo que, a través de los sentidos, parece inmediato y mutable, gracias a la razón, resulta ser mediato e inmutable.

Los primeros experimentos fotográficos del siglo XIX justificaron, en cierta medida, la visión de los eleatas. Como necesitaban largos tiempos de exposición (a veces hasta ocho horas) para que la imagen se fijara en la placa fotosensible, las primeras fotografías no captaban los elementos dinámicos del paisaje, sino solamente los estáticos. Los transeúntes y los animales no se registraban, solo los edificios y las calles. Pero la fotografía evolucionó, hasta que consiguió captar toda la apariencia de las cosas.

Vale preguntarse, no obstante, ¿por qué esa manía humana de optar por un polo, si el palo tiene siempre dos puntas? ¿Por qué elegir entre la flecha y la parábola, entre el fotograma y la película? El que asume toda la realidad, admite que es contradictoria; el que admite que es contradictoria, acepta que se mueve; y el que acepta que se mueve, siente que está viva. Y eso es lo que precisamos: un modo de pensar contradictorio, dinámico, vital.

Una poetisa cubana, Fina García, derrumbó con un pétalo de rosa el sólido argumento eleático, cuando dijo del cine mudo: “No es que le falte sonido, es que tiene el silencio”. Efectivamente, hay que entender que existe algo en la realidad que no tiene el ser, pero tiene el no ser. Todo es y no es: usted, yo y el tiempo, que es en presente y no es en pasado y futuro. La nada tiene personalidad, aunque carezca de existencia. La oscuridad, el silencio, lo intangible son más que ausencia de luz, de sonido, de cuerpo. Lo que sucede es que lo opuesto al ser es un nivel más complejo de comprensión de la realidad; no es, en verdad, la nada, sino la esencia. En la esencia todo es y no es al unísono. Yo soy Noel, pero no soy el mismo que cuando era niño ni seré el mismo de viejo. En la esencia no se percibe lo concreto, se imagina lo abstracto, y las cosas se disuelven como relaciones. Todo lo sólido se desvanece en el aire. El vacío está pleno de nexos invisibles, silenciosos, casi inexistentes. A este nivel, de poco o nada valen los sentidos: hay que apelar a la inteligencia o a la imaginación, a la razón o al corazón, a Hegel o a Saint Exupéry.

 El niño palpa la frontera intangible que separa la luz de la oscuridad. Del laberinto de su soledad podrá salir,
si toca siempre la misma pared.
 

Si el tiempo es en presente y no es en pasado-futuro, ello significa que es casi nada y no es casi todo. Con razón decía Niels Bohr que en las verdades superficiales lo contrario a la verdad es falso, mientras que en las profundas lo contrario a la verdad también es verdadero. Aparentemente la luz es onda o partícula; esencialmente es onda y partícula. El universo cuántico es un mundo de centauros, no de hombres ni de caballos. La disyuntiva es muerte; la cópula, vida. Por eso, con el perdón del genio inglés, ser o no ser es una pregunta superficial que se resuelve en una respuesta profunda: ser y no ser.

Una vez que entendemos lo paradójica que es la esencia de las cosas, podemos comprender que hay quien tiene ojos y no ve; lo mismo que hay quien ve y no tiene ojos. Solo existe una ceguera lamentable: la de los ignorantes; y otra imperdonable: la de los fanáticos.

Para distinguir lo esencial, el vidente necesita aprender a ver sin los ojos, tiene que entrenarse en el pensamiento abstracto o en la imaginación. El ciego, en cambio, no ve lo visible, pero ve lo invisible, lo que lo prepara para captar lo esencial. Incluso puede compensar con otros el sentido que le falta. Puede que un vidente no sea capaz de definir sensorialmente qué es la luz, pero estoy seguro de que un ciego podrá decir que la luz es algo cálido y suave, perfumado y silencioso.

 La maestra es una madre al revés, porque si la madre trae el niño al mundo, la maestra trae el mundo al niño.
 

Aquí calidad es calidez. Nadie está completo en sí mismo: el otro lo completa. Todos necesitamos un perro, un bastón, una mano, una fe… Por eso todos somos minusválidos, que es como decir que somos humanos. La humanidad es un ser minusválido por naturaleza, que se ha visto obligado a la vida gregaria, a comunicarse y a pensar, para trocar su fragilidad en fortaleza.

No es que el ciego carezca de luz, es que posee la sombra. No es que no perciba lo aparente, es que distingue lo esencial. No es que no vea cosas, es que ve relaciones. El ciego es una cámara obscura en la que, gracias a la enseñanza y al amor, penetra la luz del conocimiento. Y ahí está precisamente el hallazgo del ensayo fotográfico de Abascal: alas crecen en la sombra, con la luz del saber y el calor del cariño. Más allá de la técnica, más acá de la poesía, su simbolismo es maravilloso. Y uno no puede menos que alegrarse de que, cierto día de 1992, un hombre como él haya visitado una escuela como esa, armado de una cámara fotográfica, una lata de películas, un paquete de hojas y un sueño. Él demostró que entre los ciegos hay otra forma de ser rey, que no es ser tuerto, sino maestro. Él esculpió la luz en un muro de sombras y nos dejó un monumento a la esperanza. E hizo bien, porque al final, ¿qué es la historia de la fotografía sino la crónica de un ciego que aprendió a ver?

A pleno sol, un niño se frota los ojos mientras su sombra se dobla fatigada sobre un cantero.

Cuando un abanico se convierte en una flauta de cartón, se escucha la música del silencio. Hijito,
¿por qué cuando te miro me recuerdas al pífano de Manet?

Los dedos del niño acarician las alas de una mariposa de cartón que revolotea en su mente.
No sé por qué el sueño de Chuang Tzu me parece interminable.

¿Son manos de mujer o alas de ángel las que lo enseñan a ver un arbusto, un concepto, una palabra?
¿Qué estatura tiene el ser humano que rectifica con amor un error de la naturaleza?

Un niño invidente sueña con un universo de estrellas y planetas. Hoy no ve pero quizás mañana
vea más lejos. Soñar es el oficio de no perder la esperanza.

Ella lo acaricia con sus dedos y va dibujando en su mente el rostro de él. Ambos sonríen.
Al fondo un paisaje dibujado en la pared anuncia esta primavera.

La luz abre una puerta en las sombras. Un niño sin luz se asoma al mundo sin sombras.
A sus pies duerme el camino.

(Tomado de La Jiribilla)

http://www.lajiribilla.cu/articulo/la-inefable-plenitud-del-vacio

Las manos de la maestra son los ojos del niño ciego y la escuela es un oasis en medio del período especial. Fotos: Pedro Abascal