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EN GALERÍA: «A teatro abierto», invita Manuel López Oliva

Giusette León García

López Oliva es difícil de presentar: artista de la plástica, curador, crítico, investigador. Soy un híbrido —dice él— tan diverso como Cuba misma. Yo prefiero decir que conversé con un hombre inteligente y sensible, un conversador exquisito, un artista que vive y pinta como si todo fuera parte de una misma única verdad: la existencia humana.

Pinta y conversa; pinta y bebe café; pinta y pide criterio a su joven asistente; pinta y da lecciones de literatura, de historia, del amor. Todo sucede al unísono en el teatro de la vida. ¿Por eso inaugura este jueves una muestra llamada, nada más y nada menos que «A teatro abierto»?

«Toda la exposición, con el público, va a constituir un gran performance; por eso es el título “A teatro abierto”, porque de alguna manera, cuando el público entre, va a entrar a la exposición como si estuviera en un teatro totalmente abierto, es decir, lo único que yo voy a tratar de que con cada una de las obras que estén allí, las personas se sientan identificadas con su propia existencia, porque cada una de las obras que están expuestas tienen que ver con la existencia nuestra, no tanto con la existencia diaria, la existencia social, como con la existencia en términos de subjetividad, de afanes, de sueños, de dolores, de frustraciones, es decir, está todo eso que hoy constituye parte de lo que podríamos llamar la realidad de la nación cubana. Es una realidad dura, una realidad hermosa también, una realidad de aspiraciones, pero una realidad también herida, donde se ha corrompido la posición ética en muchos aspectos, donde algunas personas han perdido la brújula, y donde muchos sí estamos dispuestos y hemos mantenido un principio de resistencia, pero no de resistencia mecánica porque seamos parte de un proyecto que, por supuesto, requiere siempre cambios, sino de resistencia vital, de resistencia como seres humanos, de resistencia universal y humanista, porque creemos en el mejoramiento humano».

Hace unos cinco años que no expone en Cuba. La última vez fue en 2012, en Bellas Artes, y ahora será en la Galería Artis 718 del Fondo Cubano de Bienes Culturales…

«Precisamente, esta exposición es el resultado del trabajo mío a posteriori de la muestra del Museo, es decir, son obras que hice después del 2012… Para mí las exposiciones, de alguna manera, son exposiciones de etapas, y más o menos cinco años constituyen una etapa en la producción artística. Yo no suelo hacer exposiciones anuales, porque por mucho que un artista sea un genio, a no ser Picasso, es imposible que esté proponiendo variables o soluciones nuevas haciendo una exposición cada seis meses o un año, lo que hace es que se está repitiendo. Hay personas que piensan que hacer, en arte, es hacer mucho y no tratar de expresar cosas sustanciales en las obras que hacen. Hay una visión de alguna manera cuantitativa de la producción artística, y no siempre cualitativa. Entonces yo creo que, tanto uno como el público, requerimos respeto con respecto a la obra, y por eso es que, cuando hago una exposición, sencillamente estoy revelando algo nuevo».

¿Entonces prefiere mostrar siempre algo nuevo?

«Generalmente, yo trato de que cada una de las obras sea autónoma, es decir, para mí cada obra es un discurso, porque si a mí me aburre ver lo mismo siempre, me parece tan terrible en el sentido de que va consumiendo la capacidad del hombre de cambio, su dinámica de vida, de diferenciación de nuevas experiencias, imagínate, yo no puedo caer en eso; entonces yo siento la necesidad de que cada obra tenga un planteamiento y que, además, traduzca vivencias, sentimientos, deseos, afanes o satisfacciones».

¿Cree que se puede delimitar su obra por etapas?

«Los críticos y curadores que han hecho estudios de mi obra establecen una obra inicial, se podría llamar emergente, que se gestó en mi etapa de estudiante, que estaba muy marcada por la utopía de los años 60; realmente yo tengo una personalidad del 60, de esa que denominaron la década fabulosa. Jorge Bermúdez decía que yo estaba marcado por las tres M: Marx, Marcuse y Marilyn Monroe; de alguna manera Marcuse es un enlace entre Marx y Marilyn Monroe, porque Marcuse habla de la presencia que tiene el componente erótico en la historia y eso es así en mi obra, donde hay un componente erótico que está relacionándose constantemente con los problemas sociales, con la historia, con el pensamiento, y esa primera etapa tuvo eso, pero un poco más escondido, porque yo había estado muy marcado en mi infancia y en mi juventud por la utopía revolucionaria, y mi obra en los primeros tiempos estaba enmarcada por los héroes nacionales y los latinoamericanos, sobre todo por la figura del Che y de Martí, que cabalgaron muchísimo en mis primeras creaciones.

«Hay una segunda etapa en la década del 70, en la que hice una obra erótica, en la que aparecían paisajes y desnudos de mujer. Después, en los 80, estuve muy dedicado no solamente a la crítica, sino al trabajo organizativo del Ministerio de Cultura y, de alguna manera, tenía muy poco tiempo para pensar en mi obra artística y entré en una fase que casi resultaba abstracta en su modo de hacer. Tuve un período elemental, de tránsito, un poco abstracto, pero fui asumiendo un elemento constructivo que muy cercano a mi antiguo taller de arte que estaba en Mercaderes No. 2, esquina a Empedrado, al doblar de la Catedral de La Habana».

¿Cómo comenzó la etapa de las catedrales?

«Todos los días yo miraba la Catedral de La Habana a distintas horas y me daba cuenta de los cambios de luz que se operaban delante de la Catedral y, de alguna manera, se me fue convirtiendo en un símbolo. Un día estábamos un grupo de pintores comiendo en la Bodeguita del Medio y cuando salimos, Portocarrero me dice: “Oliva, ¿y tú nunca has pintado La Catedral? ¿Cómo que no?, si yo, que vivo lejos, la he pintado”. Me puso a pensar, entonces hice algunas catedrales un poco vegetales y, a partir de ahí, empecé a trabajar con el tema de las catedrales.

«En 1980, me encontré en la primera marcha del pueblo combatiente con la que hoy es mi esposa, que es musicóloga y profesora de música. Entonces se me restituyó en mi conciencia la relación con la música, las catedrales se mezclaron, se fusionaron con el sentido de la música, y empecé a hacer varias con el título de temas con variaciones, y yo jugaba con la catedral en maneras diferentes. Las últimas ya aparecieron en los momentos en que nos acercábamos al Período Especial. Parece que yo sentía algo extraño por dentro, es lo que decía Lezama Lima; la intención poética descubre sin que uno se dé cuenta, y yo descubría que algo estaba pasando en la vida, en la realidad nuestra. Empecé a hacer un grupo de catedrales que se basaban en una composición musical célebre del músico francés Claude Debussy, que se llamaban como esa obra de él, La catedral sumergida; entonces eran las catedrales sumergidas, pero era la ciudad  sumergida, es decir, eran de alguna manera un símbolo de la ciudad sumergida. Con esas terminé la etapa de las catedrales y pasé entonces, de súbito, a la obra de las máscaras y del teatro».

¿De súbito llegó la etapa que veremos precisamente en esta exposición?

«Bueno, no tan de súbito; es que yo, en el año 86 y en el 90, había estado en Italia y pude participar, en el sentido más humilde de todos, en un carnaval muy, muy ampuloso, para ricos: en el carnaval de Venecia, y reconocí la importancia de la máscara, del aquelarre, del festín carnavalesco, y eso me trajo a la conciencia recuerdos de mi niñez, porque mi padre era el pintor del pueblo en Manzanillo. En mi casa se hacían las máscaras del carnaval; se armaban las carrozas, los disfraces... todo el mundo carnavalesco de Manzanillo nacía en mi casa. Yo pinté máscaras con mi padre de chiquito y, de repente, yo descubrí que aquella temática la llevaba por dentro desde niño, no la había perdido, pero eso se me hizo consciente en la pintura en el año 1992, cuando empecé a hacer una serie que se llamaba “Dioses, semidioses y mortales”, igual que como ocurre en Grecia, es para mí como se estructura la sociedad humana. Entonces, eran las máscaras de los dioses, y las de los semidioses, y la falta de máscaras de los mortales, y a partir de ahí vine indagando en todo este mundo de la teatralidad, que es concebido siempre como una metáfora de la vida misma: todos usamos máscaras, todos desarrollamos roles teatrales, todos vivimos en un gran teatro».

(Tomado de Cuba Sí)